Miguel Ángel Ibáñez Gómez - maiges_ps@hotmail.com

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lunes, 1 de agosto de 2016

Inteligencia o/y Sabiduría - Lo pequeño es hermoso.

      31 de Julio de 2016
       La inteligencia es un hecho asombroso del que todos los seres humanos disfrutamos, haciendo uso de ella como una herramienta más de las que tenemos a nuestro alcance. Nos parece un hecho normal poseerla, y estamos tan acostumbrados a su uso que creo que a veces no reparamos en la verdadera magnitud del alcance y relevancia que tiene en nuestras vidas. Ese don del que disfrutamos cotidianamente, tal vez, lo consideramos tan propio de la condición humana que pudiéramos llegar a pensar que, si careciéramos de su uso, ya no poseeríamos las cualidades esenciales que nos define como personas poseedoras de derechos inherentes a nuestra existencia. Pero, a mi juicio, ello es una visión desmesurada por la propia (inconsciente) importancia que le damos a la inteligencia. Y aunque tiene esa importancia, en el desarrollo y transcurso de este artículo tengo el objetivo de, aún mostrando lo esencial y determinante qué es la inteligencia en nuestras vidas, enmarcarla en un contexto más humilde tal vez, y nos sea aún más provechosa. Quizá lo consiga.
    Leí, ya hace 14 o 15 años, una tesis, o hipótesis (debería encontrar el libro y señalar el autor con precisión para que el que desee echarle un vistazo pueda hacerlo), creo que tal vez de Young o de Campbell, en el que aseguraba que el pensamiento, al principio, y hasta la época de los griegos, para la mayoría de las personas no era otra cosa que una especie de recepción o identificación plena con el entorno, y que poco a poco se habilitó la capacidad de dirigirla y enfocarla hacia aspectos concretos de la realidad que nos circunda, apareciendo entonces los procesos, o el conjunto de procesos, que hoy conocemos bajo el nombre de reflexión. Y ese avance lo situaba en tiempos de los griegos; atribuyéndoles, de alguna manera,  esas magníficas reflexiones sobre todo orden de cosas que hoy nos son propias de nuestra civilización occidental y que pusieron los cimientos sobre los cuales hemos construido este complejo y maravilloso mundo que nos ha permitido crear la civilización occidental y el desarrollo de las artes y las ciencias, y, con ellas, las tecnologías que hacen posible lo imposible.
       Tal vez su tesis no sea plenamente acertada, o halla en la actualidad severas discrepancias con la misma, en algún aspecto. Pero el hecho de exponer esta teoría, como tal dualidad: pensamiento contemplativo, sin objetivo, y pensamiento dirigido, es de por sí, una idea fascinadora que Schopenhauer describe cuando habla del arte y su contemplacion con profundidad, atribuyendo a esa contemplación la capacidad de convertirnos en la propia obra de arte que vemos.
      Es posible que si recordamos nuestras primeras vivencias, en nuestra familia, aceptaremos que nuestro pensamiento, si existía, era contemplativo. En mi caso, mi primer recuerdo era estar en la cuna de madera, agarrado a los barrotes torneados, y tirando de ellos mientras, una mezcla de irritación y enfado, pretendía liberarme de esa pequeña prisión que custodiaban mi descanso. Y cuando mi madre aparecía, yo no tenía ningún concepto de que fuera mi madre; reconocía su silueta desde la oscuridad de la habitación en el contraste con el marco de la puerta cuando ésta se abría. Esa silueta era indudablemente la presencia de la absoluta protección - creo que sólo diferenciaban entre la silueta de mujer y de hombre - todo venía con ella: calor corporal que daba seguridad, nutrición, palabras de las que no entendía más que los gestos que las acompañaban y miradas con sonrisas que no eran otra cosa que la felicidad completa y también con ella vinieron las habilidades de uso de cuchara, las órdenes, el concepto de bueno y malo... pero fue mi padre el primero que dirigió mi pensamiento más allá de lo que la vista ponía al alcance de mis manos y de mi voluntad. Me hizo mirar al horizonte, señalar un punto en el mismo, y me contó una pequeña historia - o una descripción - tal vez fuera el propio Moncayo visto desde el puente de Piedra, o el de Santiago; este último construido hacía unos pocos años y en el que recuerdo a mi padre, delante de la lápida conmemorativa, señalando los números romanos y explicármelos.  Y quizás no se viera el Moncayo y dijera que en días claros se ve el Moncayo, y yo preguntara: ¿qué es? -  y me contestará: un monte alto, pero el día tiene que estar claro para verse. Cómo vivíamos más allá del Huerva, salir del barrio era un acontecimiento que podía ser aburrido o muy interesante depende si era para ir de compras con mi madre o al realizar una incursión en la zona donde la ciudad permitía ver algo realmente impresionante: el Ebro. Un continuo movimiento de agua:
- ¿de dónde sale?
 - De la lluvia
 - ¿tanto llueve?
- Toda el agua de la región va a parar aquí
    Increíble !!!  Y además había que mirar hacia abajo y el vértigo aún ayudaba a comprender el misterio de ese río va más allá de lo que las palabras puedan sugerir. Solo se me ocurrían preguntas ,una detrás de otra. Y, si además, hacía viento, resultaba que el viento tenía nombre y que lo soplaba el misterioso monte. Ya había suficiente tarea para descubrir durante una temporada; aunque la escuela, por entonces, educaba de espaldas a esos misteriosos acontecimientos tan sugerentes.
     Luego todo se fue racionalizando ordenadamente. Había que integrar las clases de geografía de "El Popo" - profesor de La Salle - y sus mapas con las experiencias en los puentes de Piedra y Santiago, y ellos no era una tarea sencilla si se deseaba contestar a todas las preguntas, sugerencias y estímulos que esas visitas al río generaban. Visitas poco frecuentes pero siempre fascinantes. La primera conclusión que extraje, y aunque íntimamente ya lo había incorporado en la experiencia cotidiana, era que mi madre era tan práctica que llevaba al aburrimiento, por lo que solo salíamos de él si cantaba y enseñaba algún juego; y que mi padre era interesante y algo fantasioso.

      La inteligencia es como tener una linterna en medio de la noche. Cuando se va por un camino desconocido alumbra nítidamente una estrechísima franja del mismo que podemos ver con claridad y precisión, pero a la vez oscurece el resto. De tal manera es así, que si no conocemos el terreno, y no hacemos una clara idea de dónde estamos y por dónde vamos, las posibilidades de perdernos son muy altas, incluso aunque llevemos un plano; pues en los planos se detallan un entorno más amplio qué es la referencia que precisamos para saber dónde estamos, y la linterna, si estamos en una zona abierta o cerrada, apenas nos mostrará algo más que unas decenas de metros, y difícilmente obtendremos referencias.
         Siempre es preciso una visión de conjunto una idea general y si no conocemos el lugar hay que construir una hipótesis del mismo con los datos que podemos observar con la linterna. Y en el mapa habrá alguna referencia clave, por las que queremos pasar para verificar que vamos por el camino correcto. Ella, la referencia, confirmara nuestra hipótesis, nuestra imagen del lugar que nos rodea. Así que cuando damos con los puntos de referencia esperados, nos alegramos enormemente, pues ello nos ratifica dos cosas: sabemos dónde estamos, y el recorrido realizado es correcto hasta ese momento.

        Si ponemos nuestra atención en los detalles podremos extraer reglas y leyes incluso construir un "sistema", una idea de reglas que existen en nuestro entorno. Luego, tal vez, algo nos sugiera que una necesidad, o aspiración que tenemos, se pudiera conseguir usando de esas reglas y "sistemas" que hemos descubierto. Ello nos permitiría alcanzar esos objetivos con mayor o menor fortuna, pero en el proceso de conseguirlos también aprendemos nuevas reglas. Estamos dirigiendo el pensamiento.

      La inteligencia nos permite descubrir. Y nos asombramos de lo descubierto y de que esto funcione. Pero también existe una inteligencia pasiva por la que se nos hace creer que todo está descubierto y que nuestra participación, incluso, no es necesaria. Creo que ello es un error, aunque tenga utilidad durante un tiempo, en algunas fórmulas de enseñanza.

         La inteligencia nos muestra evidencias; pero a cada persona le muestra evidencias en unos aspectos y a otras en otros, por lo que se acaba por hablar de tipos de inteligencia según se pongan atención en unos u otros aspectos de los señalados. La inteligencia es, parece ser, una capacidad de nuestra mente que debe de ser estimulada. Y que, de alguna manera, el estímulo siempre existe, pero también a la que hay que darle puntos de referencia para que se construya a sí misma. De ahí la importancia que tiene que los niños tengan a su disposición libros y vean, en los adultos que les rodean, la sincera costumbre de escribir y leer - las posturas no conducen a casi nada, todo tiene que partir de la sinceridad - libros abundantes y a su medida, pero también, al lado, técnicos; ya sean de filosofía, ciencias puras, y de toda índole científica - los niños, por sí solos, elegirán los que vayan interesándole en cada momento, y qué parte de los mismos aprovechar, y cuáles no les interesan por el momento. Y digo libros, pues aunque la informática es interesante, siempre las mejores obras se suelen hallar en el papel, y su formato y hábito de lectura, reportan virtudes diferentes al uso complementario del ordenador.

           La agudeza de nuestra inteligencia, pues, nos deslumbra pero nada más; aporta incluso soluciones, a veces, pero nada más. Necesitamos hacernos con una idea general del sitio donde estamos, y sin embargo no hay planos para vivir la vida. Tenemos, pues, que construirnos una hipótesis a través de nuestra inteligencia. Pero la inteligencia es analítica y crearía estructuras y sistemas demasiados rígidos para el ser humano, aunque útiles para la tecnología. Y por ello acabamos generando compartimentos: Ciencias Políticas Ciencias Naturales Ciencias Exactas eso ayuda pero con eso sólo no se vive  una vida plena.
        Hay que superar la inteligencia para tener una visión de mapa una visión global y ahí entran en juego una parte importante del ser humano: el sentido común, el de verdad.
       Trascender la inteligencia es, de alguna manera, reconocer que es una herramienta útil para conseguir nuestros deseos pero hay que ir más allá, más lejos: ¿qué somos? ¿quiénes somos? ¿qué sentido tiene la vida? Estamos tan ocupados en lo cotidiano que dejamos que estas cuestiones se queden para el final de nuestra vida y por ello los acontecimientos inesperados, que nos golpean, nos recuerdan que las respuestas que apresuradamente, tal vez, nos dio nuestra inteligencia, prácticamente no nos satisfacen para nada..

        Decía Schopenhauer que la vida es voluntad de vivir. Pero si comprendemos que tal vez todos somos múltiples versiones de lo mismo, andaríamos hacia algún sitio, que siempre es mejor que quedarse parado. Y, sin embargo, ese camino puede ser duro y peligroso, pues podemos perder, cuando lo transitamos, algo que es muy esencial para todos nosotros: El norte. Y qué es la vida si no nos arriesgamos a vivirla? tarde o temprano nos enfrentaremos abiertamente a ello y en ese proceso sólo nos puede ayudar el respeto de nuestro entorno, su apoyo y fe en nosotros. Y si carecemos de ellos solo nos quedará el amor (y para que el amor nos ayude hemos de haber amado de verdad alguna vez y también hemos de haber sido amados y reconocer ese amor recibido. Es la única esperanza que tenemos, las únicas referencias que podremos encontrar en ese camino en medio de la noche) La inteligencia - la linterna - no nos dirige, en principio, a su antojo, se subordina, se pone al servicio del corazón o del deseo, pero aprendan a no ser rehenes de deseos y antojos para no esclavizarse; y sobre todo no dejarse llevar por la lógica de la inteligencia y dar por cierta la misma desde una primera impresión Primero se mira con el corazón y luego se activa y habla con la inteligencia (por y para amor - qué difícil, pues todo ello es un proceso personal, en el que no caben atajos, y que para cada cual es diferente). Pasar de la inteligencia analítica a la sabiduría sin perder totalmente el norte (ni durante el camino, ni cuando ya se ha llegado) es tarea realmente difícil.

      Sabemos que podemos. Durante nuestras vidas hemos recibido "señales" de que ello es posible, aunque lo cotidiano haya acabado por relegarlo.  No es un territorio desconocido. Tampoco es la felicidad como la que vimos de niños, sino la de reconocer nuestro deber y actuar con humildad en consecuencia. No nos dejemos deslumbrar por la inteligencia, por esa mágica linterna que alumbra la noche y ya nada puede sin el amor, ni contra el amor (Aquí el concepto de amor que actúa es la de la caridad - (La caridad es una de las tres virtudes teologales, junto con la esperanza y la fe. Tanto el DRAE en su primera acepción como la Iglesia católica consideran que la caridad es aquella virtud teologal por la cual se ama a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.1 2 La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión.)        La Caridad  como conclusión de un proceso en el que nos se reconoce a todos dentro de un mismo barco; es como la Compasión (de la que Buda hablaba). 

         Dice el Islam que hay que luchar contra el infiel. Pero recuerden qué es un libro filosófico y la filosofía es amor a la sabiduría, y la sabiduría para entenderla hay que descubrirla: El infiel es uno mismo. El que no tiene fe es la misma persona que padece las consecuencias de no tenerla. Es el miedo a la falta de certezas, a la falta de método que nos lleve al resultado previsto. La fe es, y está, en nosotros mismos. Por ella llegamos al día siguiente y nos despertamos del sueño por las mañanas. La vida es esa tensión constante que hay que mantener con el que tiene miedo, y que también habita en nosotros mismos. Con el que no tiene fe, que también somos nosotros.
      Tal vez con esta última frase ustedes entiendan lo absurdo que representa este conflicto con los fanáticos: tan violento con el de enfrente. Desde esta perspectiva no tiene ningún sentido. No es más, que algo útil y oportunista, para no se sabe quien; pero que seguro que que carece de fe, al menos de la buena fe.

     Recuerden que lo pequeño es hermoso. Esta frase se volvió a impulsar a finales de los 70. Es posible que nos sintamos maravillados de nuestra inteligencia, y de su poder de análisis y creatividad, si la ponemos al servicio de los deseos, pero aún es más impresionante ponerla al servicio del corazón, pues con ellos nos transformamos y transformamos incluso la sociedad que nos circunda.

       Cada generación tiene su momento: Su santa lucha por la fe que hay en ellos mismos. Y por su victoria. Pero ello se queda oculto a la vista de la inteligencia (la linterna ve los detalles y signos pero no sabe atribuirlos correctamente, el sentido se lo da cada cuál según sus intereses y valores personales) pues hemos convertido la inteligencia en algo práctico; tan práctico que entendemos que no hay nada interesante fuera de su lógica; y acaba por precipitarse en conclusiones lógicas - pero a veces erradas o incompletas. Hace falta usar el corazón, que es el mapa real de la vida, para ver lo que hicieron los que nos precedieron. y cómo trascendieron toda lógica solo con amor, poniendo el listón cada vez más alto para la siguiente generación.

        No dejemos que nuestra inteligencia nos haga creer que nada existe mejor que ella y que sólo lo importante es lo que ella ilumina, porque complacer nuestros deseos y ambiciones puede acabar siendo aburrido, además de hacernos engordar el ego (y correr el peligro de convertirnos en tiranos), al construir realidades irreales en las que nosotros somos los reyes. Y dejamos fuera al sentido común.

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